📌’La barcaza de Elciego: l un puente móvil sobre el Ebro que unió las dos orillas hasta 1867′

Durante siglos, la barcaza que cruzaba el Ebro a la altura de Elciego fue mucho más que un simple medio de transporte. Era un puente móvil, una infraestructura vital para la vida económica, social y agrícola de la zona.

Su historia, reconstruida con detalle por Jesús Fernández Ibáñez en el blog Elciego Histórico, permite asomarse a un mundo de carpinteros, cuberos y artesanos que, generación tras generación, mantuvieron vivo este servicio esencial. 

El siglo XVIII ofrece la documentación más rica sobre esta historia y revela una evolución constante: las barcazas se hicieron progresivamente más grandes, robustas y costosas, reflejando tanto la creciente demanda económica como los avances en la carpintería fluvial.


Hasta la inauguración del puente de piedra en 1867, la única forma de cruzar sus aguas era una barcaza municipal, propiedad exclusiva del Ayuntamiento, que se encargaba de su mantenimiento y reconstrucción. Este humilde embarcadero, situado entre la desembocadura del Río Mayor y el actual puente, era vital para la vida cotidiana: transportaba personas, animales y mercancías hacia la orilla opuesta, conectando con Cenicero y más allá.

El siglo XVIII, especialmente bien documentado, muestra una sucesión de obras que reflejan la evolución técnica, el aumento progresivo de las dimensiones y la creciente exigencia de calidad en la construcción naval fluvial.

El recuerdo de aquella infraestructura persiste en el callejero local. La Calle del Barco, que desciende desde la Plaza Mayor pasando por el Campo del Olivillo, marca el antiguo camino hacia el río, un eco silencioso de generaciones que bajaban cargadas hacia el agua.


Hasta diez barcos en el siglo XVIII para atravesar el Ebro


Todo comenzó en 1707 con Pedro de Urquiola, quien construyó una embarcación de más de diez metros de eslora, reforzada con roble y olmo, en apenas un mes. En 1729, Juan de Osa de Cenicero replicó esas dimensiones. A partir de mediados de siglo, la familia Ruiz de Escudero dominó los contratos: Matías, en 1752, 1765 y 1771, introdujo mejoras como bancos para facilitar el embarque, a menudo junto a su hermano Domingo.

La riada devastadora de junio de 1775 destruyó casi por completo la barcaza, obligando a una reconstrucción urgente. Joaquín de Galarza, de Elorrio, levantó una mayor, de doce metros de eslora y casi cuatro de manga, con costaleras de 83 centímetros para mayor estabilidad.

En las décadas siguientes, el tamaño y la calidad siguieron aumentando. Joseph de Aranguren, de Laguardia, usó haya en 1780, con detalles como distintos clavos y bolas de chopo para el amarre. Domingo Ruiz de Escudero y los hermanos Otayza, de Leza y Samaniego, continuaron esta tendencia en 1789 y 1793, insistiendo en la selección rigurosa de maderas.

El punto culminante llegó en 1796, cuando Antonio Santander y Pedro Manzanos, vecinos de Elciego, construyeron por 6.000 reales la barcaza más cara del siglo. Por primera vez, se especificó una estructura «de quilla», con haya labrada a esquina viva y tablas embutidas, un avance técnico que mejoraba estabilidad y durabilidad.


Más allá de los contratos y medidas, esta sucesión de barcazas cuenta la historia de una comunidad unida por el río. Carpinteros y cuberos de Elciego, Laguardia, Cenicero, San Asensio, Leza o Elorrio dejaron su huella con herramientas sencillas y profundo conocimiento de la madera. Mantuvieron vivo un servicio indispensable hasta que el puente de piedra abrió una nueva era.

Gracias a investigadores como Jesús Fernández Ibáñez, hoy podemos evocar aquellos artesanos que, a golpe de azuela y clavazón, sostuvieron durante generaciones el latido económico y social de Elciego.

Txomin Ruiz.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *