
Hay historias que sobreviven por pura casualidad, escondidas en un cajón durante décadas hasta que alguien, sin buscarlo, tropieza con ellas. La de Teodoro es una de esas. Nacido en Labraza en mayo de 1897, llevaba el nombre de un hermano mayor que murió un año antes de que él naciera, cuando su padre, Domingo, se instaló en el pueblo en 1896 como practicante itinerante. Noventa años después, su historia seguía sepultada bajo el silencio que dejó la guerra, y ni siquiera su propia familia sabía dónde había nacido de verdad: siempre se dio por hecho que era de Moreda, hasta que su bisnieta, Leticia Pascual Ortigosa, decidió tirar del hilo.
El cajón que rompió noventa años de silencio
Todo arrancó en 2005, cuando la abuela de Leticia, hija de Teodoro, le entregó una caja de fotografías antiguas que llevaba guardando toda la vida. Entre rostros desconocidos aparecieron tres imágenes de Teodoro, y con ellas, la curiosidad de una bisnieta dispuesta a averiguar quién había sido realmente aquel hombre. En casa se contaba poco: que había tenido su propia barbería, pero poco más fue la propia Leticia la que descubrió su ubicación en la calle General Zurbano, hoy Calvo Sotelo, justo enfrente de lo que entonces era el Gran Hotel, y que un empleado envidioso lo había denunciado, sin más explicación. La realidad era bastante más dura, y también más humana.


Teodoro bajó a Logroño con dieciocho años, en 1914, queriendo ser practicante como su padre, pero este murió a los pocos meses y tuvo que dejar los estudios para cuidar de sus hermanos. Aprendió el oficio de barbero junto al prestigioso Manuel Ruiz, cuyo salón de peluquería se encontraba en la calle del Mercado, la actual Portales. Fue en 1918 cuando le pasó por la cabeza independizarse y montar su propio salón, llegando incluso a anunciarse en la prensa como su antiguo dependiente. Pero con las cosas torcidas y un hijo en camino, un año después acabó volviendo a trabajar para Manuel Ruiz.

Nada en su familia( descendencia), hacía sospechar que, en paralelo a todo esto, militaba en la CNT: fue detenido tres veces en 1933, por posesión de explosivos, sedición y saltarse la ley de huelgas. Tras el fusilamiento, su viuda Mercedes no encontró quien la contratara y sacó a sus hijos adelante cosiendo, con una máquina que, según cree Leticia, fue un regalo de bodas, como era costumbre entonces.
De Logroño a Labraza: el homenaje que le devuelve su nombre
La investigación de Leticia cogió fuerza gracias al historiador Jesús Vicente Aguirre, en cuyo libro «Aquí nunca pasó nada» aparecía ya el nombre de Teodoro, y al encuentro con el concejal socialista en el Ayuntamiento de Oion y vecino de Labraza Óscar Layana, que lo había identificado como el único represaliado de esa obra nacido en Labraza.
Entre archivos municipales, prensa histórica y registros genealógicos, fueron encajando un rompecabezas disperso durante casi un siglo. Teodoro inicialmente vivió en el número 65 de la calle Mayor de Logroño, a escasos metros de la plaza Martínez Zaporta, donde se concentró buena parte de los enfrentamientos de 1933, aunque este domicilio no consta en ningún archivo, posiblemente porque no llegaron a empadronarse. Más tarde junto a su mujer y cuatro hijos todos ellos se trasladaron a la calle del Mercado, la actual calle Portales, donde precisamente se encontraba la peluquería de Manuel Ruiz.
El día del asesinato fueron dos de sus hijas, de doce y trece años, quienes encontraron el cuerpo de su padre dentro del cementerio de Logroño, poco antes de ser enterrado, rematado de un tiro de gracia que le destrozó parte de la cabeza, tal y como le relató después su abuela a Leticia. Ni siquiera acabó en una fosa común: la familia de Mercedes tenía panteón propio, y allí descansa.

Este sábado 18 de julio, con una charla del historiador Javier Gómez Calvo, Labraza le devuelve por fin su nombre, su dignidad y el lugar que nunca debió perder. Leticia lo tiene claro: en poco más de un año, y con algo de suerte, ha logrado reconstruir casi toda la vida de su bisabuelo, y su mensaje para este domingo es sencillo, anima a quien tenga un familiar represaliado o desaparecido a investigar, porque merece la pena, y sobre todo, a no olvidar, para que hechos como estos no se repitan nunca jamás.

Txomin Ruiz.