📌’Cuando Laguardia ya vivió su eclipse: la historia de los astrónomos ingleses de 1860′

No es la primera vez que Laguardia mira al cielo. En 1860, tres científicos ingleses llegados en el buque Himalaya —Francis Galton, primo de Darwin y futuro inventor de la clasificación de huellas dactilares; el reverendo Henry Atwood; y Charles Gray— acabaron subidos a una azotea junto a la torre de la iglesia, entre un sacerdote y un médico que los acogieron con gran cortesía. Su destino original era el Puerto de Piqueras, pero.unos puentes rotos les hicieron cambiar de plan, y Laguardia resultó tener vistas inmejorables sobre el valle del Ebro.

«Quien así nos lo cuenta es Edurne Martín Ibarraran, técnica del Museo Fournier de Naipes, que ha querido rescatar y compartir con todos nosotros, un episodio fascinante y casi olvidado: 166 años antes del eclipse de este miércoles, tres científicos británicos ya se apostaron en el pueblo para observar otro eclipse total, y lo dejaron todo escrito.»

Francis Galton (1822-1911) fue un autor polifacético, un polímata que escribió sobre muchos temas, incluyendo la meteorología, la antropología, la herencia, la estadística, la psicología, la eugenesia y la criminología y primo de Charles Darwin.

Palomas asustadas y un termómetro roto

La autora señala que Galton dejó un relato lleno de detalles curiosos: describió el valle del Ebro como «casi tan rojizo como un wady africano», elogió el chocolate y el vino de la zona, y anotó minuto a minuto cómo, poco antes de la totalidad, las palomas del pueblo salieron volando a refugiarse y la multitud al pie de la torre enmudeció. Confesó incluso cierto júbilo al descubrir que su termómetro se había roto, porque así podría disfrutar del eclipse sin tener que anotar datos.

Un pueblo «sumamente popular» entre los ingleses

Al marcharse, entre gritos de «¡Viva Inglaterra!», repartieron calderilla entre los niños del pueblo, agradecidos por la amable acogida que habían recibido. Galton llegó a escribir a su madre desde Logroño al día siguiente, contándole que la Corona solar había brillado en el cielo «como la mayor de las joyas» y que los vecinos reunidos en la azotea exclamaban de asombro como si presenciaran unos fuegos artificiales.

«Ni siquiera los perros nos ladraban»

Otro detalle que la autora rescata del relato de Galton tiene más de anécdota humana que de dato científico: pese a vestir claramente «a la inglesa», con su chaqueta de caza de color claro entre tanto negro español, el científico aseguraba que en Laguardia nunca causó extrañeza entre los más sinceros jueces de un forastero, los niños y los perros callejeros, que lo recibían siempre «como a un compatriota» y casi nunca con un ladrido de antipatía. Una muestra, decía, de lo bien acogidos que se sintieron en el pueblo desde el primer momento.

Unas anécdotas preciosas, casi olvidadas que Edurne Martín Ibarraran nos cuenta justo en los días previos en los que Laguardia vuelve a prepararse para vivir este evento Magnum.

Txomin Ruiz.

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